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Del Cuidado

  • Foto del escritor: Elsa
    Elsa
  • 2 dic 2018
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 3 jun 2020



Hace poco me acordé de mis primeros años escolares, y me reí pensando en mis clases de costura.

Sí aunque parece un arcaísmo, en primaria yo tenía una hora escolar dedicada a aprender las diferentes puntadas, y al final tenía que entregar un trabajo, léase un cojín bordado. Pongamos las cosas en contexto, mi primaria la hice en un colegio de monjas sólo para niñas, siguiendo la tradición familiar de mamá y abuela, ambas tuvieron la mejor educación …. para ser excelentes amas de casa, es decir cocinan delicioso, decoran la casa con gusto y clase, se maquillan y arreglan divino, en fin. Pues sí, las monjas formaron muchas mujeres entregadas a su hogar o a los cuidados del otro. Alguna vez oí a una señora mayor que me decía que en los 60’s y 70’s sus únicas opciones laborales eran ser enfermera o maestra, que al final es una extensión del estereotipo de la mujer como cuidadora, y esa fue la educación que recibió mi mamá y mi abuela, y una pequeña parte yo.

Digo pequeña, porque a fines de los 80’s ya las mujeres habíamos irrumpido a la vida pública para quedarnos, era muy común que las madres y mujeres en general, también trabajaran, así que la educación reflejó de alguna manera ese cambio, por lo que a mi me tocó en menor medida la educación de la feminidad de las generaciones anteriores. Además, me cambiaron a un colegio femenino pero ya no confesional, con lo cual ya la clase extra podías hacer teatro, música, arte, fotografía, aunque también había opción de costura y cocina.

La verdad creo que en mi educación, a pesar de la clara influencia de mi mamá y abuela, en lo familiar, me llevó a pensar más en un desarrollo profesional, no en hijos, ni familia. Y cada vez que crecía mis objetivos se enfocaban en ser una profesional, y en trabajar, al igual que casi todas la mujeres que conocí de mi edad, es más no conocí a ninguna que su ambición fuera casarse “bien” para quedarse en casa, y por supuesto que esto puede ser un deseo legítimo, y sé que en otras latitudes es común, como que en el espacio que crecí, nadie se lo planteaba, aunque todas quisieran casarse algún día. El tema es que aún y a pesar del feminismo y los avances, el mundo familiar, y la maternidad no es compatible con el mundo laboral.

Conversando con una amiga española que dejé de ver hace algunos años, cuando comenzábamos nuestras carreras, y nos encontramos nuevamente ambas con hijos pequeños, nos poníamos al día de qué estábamos haciendo, y ambas coincidimos en la dificultad de poder desarrollarse en lo laboral y familiar con plenitud, hay que escoger entre disfrutar un poco más a tu hijo pequeño, o en definitiva dejarlo para que otros lo cuiden por ti. Me dijo algo que desde entonces me ha dado vueltas en la cabeza, -“es que ya no somos educadas para ser madres-“, y no se refería a ser educadas para ser madres exclusivamente, como antes, pero par ser madres en la vida moderna, con los restos que implica.

Esto me hace pensar que todavía hay gente que se escandaliza cuando una madre amamanta a su hijo en público, y que hoy es algo inédito, que una mujer en política lo haga, por ejemplo cuando la primera Ministra de Nueva Zelanda llevo a su hija muy pequeña a la última edición de la Asamblea General de la Naciones Unidas y la alimento, fue la primera vez que ocurría, en 2018! Pero las mujeres llevamos más de 40 años participando activamente en el mundo laboral, y muchas compartiéndolo con su rol de ser madres. Creo que el reto no es sólo en la educación, sino en la adaptación del mundo del trabajo, y eso es una reto que aun no conseguimos, si hay que reconocer que hay más apertura, pero sigue habiendo barreras en lo laboral para ejercer ambos roles. Creo que algo interesante es monetizar cuanto vale para una sociedad los cuidados, y algunas organizaciones como la CEPAL o la Organización Mundial del Trabajo -OIT, hablan de la economía del cuidado, es decir todos los servicios, bienes y actividades del cuidado, o a la existencia y desarrollo de las personas, que tradicionalmente hacen las mujeres, y si los hacen otros, cuánto cuestan y cuanto aportan al PIB de un país.

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