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Cuéntanos Bien

  • Foto del escritor: Sofía
    Sofía
  • 18 mar 2020
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 9 may 2020



A poco más de una semana de la marcha por el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo

y el Paro Nacional del 9 de marzo, quise hacer una reflexión sobre lo que vi, viví y aprendí.

Mi experiencia ese domingo no fue la que esperaba. Era la segunda vez que asistía a una marcha de principio a fin, y la anterior había sido para el performance de “El Violador Eres Tú”. En esa ocasión, el espíritu de la marcha era alegre. Creo que nadie esperaba que llegáramos tantas mujeres con la canción y coreografía aprendida después de ver un video en redes sociales. Pero llegamos cientos. Primero ensayamos en la Alameda, y el camino a la plancha del Zócalo fue animado, alegre, y a paso veloz. Teníamos ganas de expresarnos YA. Queríamos que saliera bien. Era una manera nueva de protestar, a través del arte. Nos sentíamos libres.

El ocho de marzo fue distinto. Había una tensión muy palpable en el aire. Éramos tantas que no podíamos avanzar más de unos cuantos pasos antes de volver a parar y esperar. Esa inercia que había sentido la vez anterior, era imposible recrear, pues no había hacia dónde hacerse. El sol brillaba fuerte y el calor sofocaba. Una chica en el contingente detrás del nuestro se desvaneció. Más adelante, las enormes vallas puestas para proteger monumentos y hoteles de lujo hacían notar la presencia del estado. Aunado a las filas de granaderos hombres a un costado de la Avenida Juárez, se me erizó la piel. En un emotivo momento, todas levantamos el puño y guardamos silencio completo. Una lágrima se me escapó al presenciar a miles de personas levantando el puño en solidaridad, en luto. De pronto como una ola, cientos de mujeres corrieron hacia nosotras, huyendo de algo. ¿Qué paso? Por WhatsApp nos comunicábamos con compañeras que iban más adelante. Unas decían que se habían escuchado balas, otras que habían aventado gas lacrimógeno, nadie sabía con certeza. La líder de mi contingente nos buscó, llamándonos para que nos volviéramos a formar, “¡Sin miedo, chicas! ¡No nos van a asustar!” La certeza y firmeza de su voz hizo que temblando aún, volviéramos a la calle. No logré llegar al Zócalo, habían limitado la entrada a partir de cierto punto en la marcha.

Volví a casa conmovida y optimista, pero con una sensación de pesadez. Sentí una profunda tristeza al darme cuenta que el protestar por los derechos más elementales puede ser riesgoso; al darme cuenta que he vivido con el privilegio de no tener que preocuparme por violencia en mi hogar o camino al trabajo. Mi lucha personal como feminista ha sido por mayor representación, por romper el techo de cristal, por eliminar estereotipos de género, por reducir la brecha salarial, por recibir la misma atención y respeto como líder, pero no por no ser golpeada, violada o asesinada. Agradezco a mi familia el privilegio de haber crecido y vivido tan lejos y protegida de esa violencia, pero al marchar con miles de mujeres que no han gozado de ese privilegio, al escuchar sus gritos, me sentí impotente. ¿Funcionó la marcha? ¿Logramos algo? Sólo el tiempo lo dirá.

Me machoexplicaba un compañero que las marchas están muy bien si queremos lograr cambios legales, pero que también tenía que haber un cambio cultural. Gracias, no se nos había ocurrido. Contrario a lo que expresaba el susodicho, creo que, tanto la marcha como el paro, justamente lograrán el comienzo de ese cambio cultural - ya que por puros números, mostramos que nuestras vidas y nuestros derechos importan, y lo más importante: lo sabemos y los exigimos. Entre grupos de mujeres se respira una nueva sororidad, un ambiente de apoyo en el que nos escuchamos, nos creemos, y nos apoyamos. Espero que en es éstos dos días tan importantes, hayamos logrado un despertar de parte de tanto hombres como mujeres en el país, una realización de que no somos unas cuantas las que no estamos de acuerdo con la manera en que vivimos las mujeres, somos millones.

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