
Photo by Maggie Loves Orbit on Unsplash
Bajé un poco de peso recientemente, no mucho, tres o cuatro kilos, en gran parte debido a una
larga batalla con problemas digestivos que me ha llevado a cambiar radicalmente mi dieta.
Hace unas semanas regresé a casa para un evento. Me sorprendió la cantidad de gente que reaccionó a mi pérdida de peso - de cada dos personas que me saludaron, una hizo algún comentario sobre ello. La mayoría de los comentarios, una variante de “¡Qué flaquita!” Noté que cada uno de esos comentarios iba acompañado de la implicación (a veces tácita, otras explícita) que el estar "flaquita" es igual a estar “bonita.”
De inicio, me sentí halagada. Pensaba que tanto batallar con mi estómago, al menos me había traído algo bueno. Pero con cada nuevo festejo, mi incomodidad fue creciendo. Algo no estaba bien. No hubo quien mostrara preocupación o curiosidad sobre mi estado físico o mental, quien se preguntara ¿por qué bajaste de peso? La pregunta era en cambio, ¿cómo bajaste de peso? Una mezcla entre admiración por el gran trabajo que conlleva “estar flaquita” y una curiosidad desesperada por encontrar la solución a sus propios problemas de peso. Debo mencionar que nunca he tenido problemas graves de sobrepeso (aún si mi yo adolescente creyera lo contrario) y previo a esta pequeña pérdida, tenía un peso saludable para mi estatura y complexión. De escuchar los comentarios, uno podría creer que había bajado veinte kilos.
La pregunta que no me dejaba en paz era, si fuera un hombre que hubiera bajado tres o cuatro kilos, ¿me habrían hecho tanta fiesta? Me es difícil imaginar a mis compañeros recibiendo este mismo tipo de atención por bajar su pancita cervecera (o menos que eso).
Sé que ninguno de los comentarios fueron malintencionados, pero en mi parecer, son un reflejo del valor que le ponemos a nuestra apariencia física, particularmente a la de las mujeres (aunque sé que en este mundo de vidas curadas en instagram e influencers perfectos, los hombres se ven cada vez más afectados por esto también). Es un valor tan arraigado que es difícil apreciar cuando caemos en él y no nos damos cuenta del daño que genera. De no ser una mujer adulta que ha logrado tras mucho trabajo interno darle (un poquito) menos importancia a su apariencia, esos comentarios me habrían afectado muchísimo. De ser una niña que está creciendo y desarrollándose, una adolescente tratando de entender los cambios en su cuerpo y ánimo, esos comentarios me enseñan que mi peso es más importante que las dificultades que esté enfrentando, que mientras me vea “bonita” no importa cómo esté por dentro. Claro que es importante ser y estar saludable, pero el peso no es el único indicador.
Gracias. Por decirme que me veo bien, aprecio las buenas intenciones y el cumplido sincero… Ahora, los reto a que vayan más allá, que feliciten mis logros, mis dificultades, mi manera de ser. Que sólo digan ese primer halago después de halagar mi persona, no mi cuerpo, pues soy mucho más que la talla de mi vestido.
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