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Desarraigo

  • Foto del escritor: Elsa
    Elsa
  • 14 jul 2019
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 3 jun 2020


Photo by Richard Lee on Unsplash

Hace poco estaba oyendo una vieja entrevista que le hicieron a Gabriel García Marquez en

FranceCulture, quién no deja de ser el escritor colombiano más querido, no sólo por ser galardonado por el premio novel de literatura, sino porque siempre escribió con sazón colombiano. Para aquellos que han leído varios de sus obras, pueden refutar que algunos escenarios no siempre son el país cafetero, y si es cierto que algunos de los escenarios no fueron allí, siempre hubo un llamado a la colombianidad en su obra. Pero "Gabo", como los colombianos le decimos al novel, escribió gran parte de su obra en el exilio, su más aclamado libro, Cien años de soledad, se escribió en la Ciudad de México; en esta urbe mega-poblada, agitada por los colores y olores, que distinguen los contrastes mexicanos; muy lejos de aquella calma sabanera inundadas de todos los tonos de verdes y con olor a fruta fresca, del departamento del Magdalena donde se ambienta Macondo, espejismo de Aracataca, poblado donde nació y creció Gabito en sus primeros años. En esa entrevista, Gabo explica porque estando lejos de su país, nunca dejo de añorarlo, dejándolo ilustrado a lo largo de su obra literaria, y según él ese cordón umbilical que lo unía tanto a su tierra Caribe es el arraigo, y que le permitió mostrar al mundo, esa atmósfera particular de la Costa Caribe colombiana de mitad del siglo XX.

Por supuesto, que como expatriada las palabras de Gabo me tocan las fibras más profundas, no sólo por oír su eterno acento costeño, que nunca perdió, sino porque yo vivió en la misma ciudad vivio y desde la que escribió varias de sus obras, y la que él habitó hasta su muerte. Gabo explica que uno nunca se va si no se desarraiga, si no se corta la raíz o especie de ombligo umbilical invisible que nos une a nuestra tierra. Y eso mismo he sentido siempre yo, sin que nadie me lo pida o sin que en mi casa me lo inculcaran directamente, a todo lugar donde voy, siento la necesidad de saber que pasa allá en mi patria, de tener el vinculo, y no solamente buscando donde comer uno que otro antojito, pues reconozco que la comida típica colombiana no es mi fuerte, pero si buscando algo de identidad que me una, que me conecte.

Todo esto, me hace pensar en como heredar ese arraigo a tus hijos, que ya no nacen, ni viven en tu país. Como le pasar el arraigo de otra cultura que tu apenas conoces, como construimos identidad, en un mundo cada vez más global. Sentirme colombiana, es algo que siempre ha sido parte de mí, de mi historia y de mi familia, que me atraviesa por las venas, así no sea la exponente más bulliciosa de la colombianidad, pues sin hablar podría ser una local más, pero que esa conexión con mi tierra invisible integra mi yo, y me cuesta pensar que eso, que no una cosa sino una serie de vivencias, recuerdos, aromas, comidas y colores, imitados desde afuera nunca son iguales.

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