Crear para Recordar
- Sofía
- 1 dic 2019
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 9 may 2020

Foto de Valeria Almaraz en Unsplash
Antes de que termine el mes y que nos hundamos en las festividades navideñas
(que ya empezaron, ¿a quién engañamos?) quisiera hacer una última reflexión sobre el Día de Muertos.
En el norte, con la influencia de Halloween gracias a nuestra proximidad con los Estados Unidos, Día de Muertos solía caer a un segundo plano, una actividad que hacíamos en el colegio, pero que no se traducía a nuestra vida en el hogar. Ya sea por la influencia de la película animada, Coco, el empuje por muchos a no perder la festividad mexicana, por mi propia curiosidad, o por la mera casualidad de encontrarme con materiales para hacer un altar... el caso es que éste Día de Muertos, monté un altar por primera vez.
Éste altar fue distinto a los que había visto en mi niñez. En la escuela, normalmente se escogía a alguna persona famosa a quien honrar - Walt Disney, Benito Juárez, Frida Kahlo - siempre era alguien lejano. En ésta ocasión, el altar fue a personas que yo conocí: gente cercana que quise y que me quiso, personas cuya pérdida significó un momento importante en mi vida y la de mi familia. Así que al momento de romper trocitos de papel crepé y hacerlos bolita para decorar el altar, éste se volvió una especie de mandala. Cada pétalo de cempazúchitl que acomodaba, era una pequeña oración. El acto de armar el altar, una meditación. Un momento otorgado a mis abuelos, a mi hermano. Un momento para detenerme y recordarlos con algo de tristeza, claro, pero principalmente con alegría. Con risas al recordar aquella vez que mi abuela le dijo a mi yo adolescente que “se estaba embarneciendo,” dándole una palmadita en las pompas. Con ironía al revivir cómo rodeábamos a mi hermanito de peluches para hacer videos musicales en los que él era la estrella. Con ternura al escuchar las palabras que mi abuelo repetía sin cesar años antes de morir y que tanto nos molestaba que dijera, “si Dios quiere mijita.”
Más que el producto final, el tiempo dedicado a montar el altar me hizo entender el significado tan profundo de ésta celebración: de la importancia de honrar y recordar a aquellos que en algún momento nos trajeron felicidad y cariño. El año que entra, no dejaré que una casualidad me haga poner el altar de muertos. El año que entra, lo haré con intención.
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