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En este mes patrio, es natural ponerse a pensar sobre lo que significa para cada uno la nación.
Como mexicana, si bien creo que México es un país hermoso, rico en biodiversidad, cultura e historia, en cuanto a mi sentimiento de patriotismo... me encuentro en un lugar un tanto incómodo.
Siempre me ha resultado extraño el afán de aferrarse a la bandera de uno, de buscar definirse en base a sus colores, de diferenciarse del resto del mundo con ella. Muchos himnos nacionales hablan de guerras, de defenderse del enemigo hasta la muerte, de la sangre que se derramó creando la nación. Aunque el origen violento detrás de estos cantos fuera justificado como un himno unificador, me resulta algo incómodo que sigamos cantando estas palabras; que sea de las primeras canciones que los niños aprendan en la escuela; que ni siquiera nos pongamos a pensar lo que significan las frases que cantamos, recitándolas cual oración en misa.
He tenido la fortuna de poder conocer otros países a través del viaje y estancias prolongadas en algunos de ellos. Cada lugar tiene sus particularidades, sus costumbres, creencias y maneras de hacer las cosas. Cada una de estas visiones enriquecen al mundo, y al conocerlas, enriquecen a uno mismo. Claro que siempre habrá cosas que prefiramos de nuestra cultura: como el uso del chile y la calidez del mexicano. Pero eso no significa que no podamos aprender de las costumbres de otros - como la visión innovadora del estadounidense o el respeto al espacio público del japonés. Desafortunadamente, seguido oigo comentarios repudiando a comunidades enteras basándose en una experiencia con un individuo de algún país, o peor, basándose en lo que ve en los medios y redes sociales sobre algún grupo diferente al suyo.
En mi parecer, ésta insistencia (de parte de los medios, líderes políticos y religiosos, nosotros mismos) en dividirnos, ya sea por nuestro origen, religión o color de piel, nos empobrece como sociedad y genera conflicto innecesario. Nos vuelve intolerantes al otro y poco dispuestos a ver alternativas a nuestro estilo de vida. No significa que uno no deba sentirse orgulloso de su país de nacimiento, pero es posible tener orgullo en uno mismo sin buscar la falla en el otro. Ahí es cuando el patriotismo se vuelve tóxico, cuando viene desde la arrogancia y desde suposiciones de superioridad, buscando dividir entre “nosotros” y “ellos”, o lo que es peor: nosotros contra ellos.
Me doy cuenta que para mi la nación es el lugar que sentó las bases de mi formación, el que siempre será mi hogar. Sin embargo, me gustaría pensar que el resto del mundo es el que me hizo crecer, el que me mostró que hay más de un camino, el que me obligó a abrir la mente y celebrar otras formas de pensar y de vivir, el que me mostró que la pertenencia se debe a más que nuestro origen. Es así, que en este mes patrio, celebro a México como ciudadana del mundo.
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